Tribuna de Segovia charla con el rey de Castilla durante una de sus visitas a la ciudad
Enrique IV de Castilla: "El reino tuvo una heredera legítima, mi hija Juana, princesa de Asturias"
Tribuna de Segovia charla con el rey de Castilla durante una de sus visitas a la ciudad
Tribuna de Segovia ha pedido al rey de Castilla, Enrique IV, audiencia de unos minutos, en los salones del Alcázar de Segovia, la ciudad que él más amó y donde depositó su tesoro y su orgullo. Enrique IV de Castilla (1425-1474) fue el último Trastámara antes de los Reyes Católicos: rey discutido, padre de una hija cuya legitimidad sus enemigos negaron, protector de bosques, reformador de palacios y hombre que prefería el silencio de la sierra al ruido de las Cortes. Medio milenio después, responde.
PREGUNTA: ¿Cómo os sentís cuando los nobles de Castilla parecen inclinarse por vuestra hermanastra Isabel?
RESPUESTA:
Hay traiciones que duelen menos cuando uno las esperaba, y las de Juan Pacheco, que fue mi compañero de niñez, me duelen más que la espada que ningún enemigo consiguió clavarme. Isabel tiene virtud y determinación, sí. Pero el reino tiene una heredera legítima: mi hija Juana, reconocida por las Cortes y ungida princesa de Asturias. Los que dicen otra cosa son siervos de su ambición, no de la ley de Dios ni del derecho de Castilla.
P: ¿Qué futuro creéis que le espera a vuestra hija Juana?
R: Mi hija es de sangre real. Hay reyes que la quieren por esposa y reconocerán sus derechos. Lo que me quita el sueño no es su linaje, sino la infamia con que sus enemigos han ensuciado su nombre. Yo fui su padre cuando nació, la juré ante Cortes, y lo que un rey jura ante Dios no lo deshace ninguna liga de ambiciosos. El futuro de Juana es el que le corresponde: el trono de Castilla o una alianza digna de su sangre.
P: ¿Creéis que Ysabel es de fiar? ¿No está preparando una conspiración?
R: En Castilla conspira hasta el sacristán. La pregunta no es si lo hace, sino si tiene razón para hacerlo. Yo digo que no: porque tiene mi sangre, sí, pero Juana tiene más. Lo que no perdono es que se haya casado con el aragonés a escondidas. Una princesa de Castilla no se da en matrimonio sin el consentimiento de su rey. Eso fue una traición, y yo la llamé por su nombre.
P: ¿A quién preferiríais realmente como sucesora?
R: Mi hija Juana es la sucesora legítima, y así lo proclamaré mientras tenga aliento. Pero si me preguntáis por lo que un padre siente en lo más hondo: Isabel tiene una cabeza que vale un reino y una voluntad que doblaría a Dios si hiciera falta. Juana es mi hija y la quiero con esa ternura que no necesita razones. Un padre que dice preferir a otra criatura sobre la suya no merece ser padre. Como rey os digo: Juana. Lo que siento como hombre no pertenece a vuestras crónicas.
P: ¿Qué tiene Segovia que tanto os atrae como sede de vuestra corte?
R: Segovia no es Toledo ni Burgos, y Dios me libre de que lo sea. Se asienta sobre roca como si hubiera nacido de ella, con las aguas del Eresma a sus pies y la sierra como muralla. El Alcázar se alza sobre un promontorio que parece proa de navío entre dos ríos: desde sus ventanas se ve el mundo como lo ve Dios, pequeño y hermoso y bien ordenado. Mandé labrar nuevas salas, abrí los ajimeces para que la luz entrara, guardé aquí el tesoro y el archivo porque ningún lugar de Castilla me parece más seguro ni más mío.
P: ¿Y qué os atrae del entorno natural, de sus bosques y de la sierra?
R: Yo no soy rey de salones y banquetes. Soy hombre de monte y de camino. Los pinares que caen por las laderas del Guadarrama hacia Valsaín son el lugar del mundo donde más libre me he sentido jamás. El olor de la resina en verano, el crujir de la nieve en invierno sobre los pinos: eso es el reino verdadero. Un rey que no sale de sus salones acaba siendo prisionero de sus cortesanos. La Mujer Muerta, esa cima que se ve desde Segovia tendida en el horizonte, es para mí la imagen de la paz que nunca tengo en la corte.
P: ¿Por qué os preocupó tanto conservar los bosques de Valsaín? Dictasteis medidas para regular su uso.
R: Porque el que destruye el monte no sólo destruye árboles: destruye el agua que nace de sus raíces, los pastos que alimentan el ganado, la caza que da sustento a cientos de familias. Un rey que mira sólo al presente es un mal administrador de lo que Dios le confió. El pinar de Valsaín es patrimonio del reino, no de quien tiene hacha y oportunidad. Un bosque destruido tarda generaciones en rehacerse, y un rey no puede gobernar sólo para su tiempo.
P: ¿Diríais que fuisteis uno de los primeros reyes ecologistas?
R: No conozco esa voz, pero si significa lo que creo, os diré que no soy el primero ni el último que se dio cuenta de que el mundo natural no es un recurso inagotable. Lo que hice fue aplicar la razón: lo que se gasta sin medida se acaba, y lo que se acaba no vuelve. Si en vuestros tiempos hay gente que ha tenido que poner nombre a eso, quizá es porque mucha otra gente lo olvidó por el camino. Yo no lo olvidé. Y si por eso me llamáis ecologista, acepto el título con más gusto que algunos que mis enemigos me pusieron.
P: Isabel desterró a Juana, se hizo con la corona y ha pasado a la historia como una de las grandes reinas de Europa. ¿Qué os parece?
R: (Silencio) No puedo sorprenderme del todo. Isabel tiene lo que siempre reconocí en ella: voluntad de hierro y cabeza fría. Los grandes de Castilla le dieron la lealtad que no me dieron a mí porque les convenía un trono fuerte. Pero que conste lo que digo: Juana era mi hija y la heredera legítima. Lo que Isabel hizo fue tomar lo que no era suyo por derecho de sangre, sino por derecho de fuerza y de astucia. En cuanto a lo de gran reina... si gobernó bien el reino que yo quise, algo de lo mío hay en ello. Dios sabrá juzgar a cada uno.
P: Después de Isabel vino un bisnieto vuestro que gobernó un imperio que incluía un continente desconocido para vos: América.
R: ¿Bisnieto mío? ¿Un mundo nuevo? Eso roza la fantasía de un trovador ebrio... Mas si lo que decís es verdad, entonces hemos gobernado un reino más pequeño de lo que el mundo es. Eso me hace sentir humilde, que no es sentimiento que los reyes practiquen mucho. Un mundo que yo no pude ni imaginar, gobernado por mi sangre. Hay en eso algo que casi me consuela. Aunque no fuera mi hija quien lo hiciera.
P11: ¿Hubierais querido vivir en estos tiempos modernos?
R: No cambiaría mis pinares de Valsaín por ningún paraíso que no los tuviera. Pero envidiaría de vuestro tiempo que los reyes no puedan encarcelar a sus súbditos sin causa justa, que la ley valga más que el capricho del noble más poderoso. En mi tiempo, el que tenía más espadas tenía más razón. Eso es fatigoso para quien gobierna y doloroso para quien es gobernado. No añoraría vuestros tiempos por la velocidad ni por los ingenios, sino por la posibilidad de gobernar sin que cada decisión requiera una guerra.»
P: La 'Farsa de Ávila' de 1465, cuando os destronaron en efigie: ¿fue una conjura en la que Alfonso salió perdedor?
R: Una conjura, sí, y de las más miserables que recuerda Castilla. Pusieron un muñeco con mi corona y lo arrojaron al suelo. ¿Sabéis lo que se siente al enteraros de que los hombres que comieron en vuestra mesa os tratan así ante el pueblo llano? En cuanto a Alfonso... él era un niño de once años. Lo usaron. Los Pacheco, el arzobispo Carrillo, los condes que querían más poder del que ningún rey puede dar sin arruinar su corona: ésos son los verdaderos protagonistas. Alfonso era su bandera, no su cabeza.
P: ¿Sospechasteis de la muerte de Alfonso, fallecido con solo trece años en circunstancias poco claras?
R: Las muertes de los jóvenes en tiempos de guerra política nunca están bien explicadas, y los que mandan a investigarlas tienen a veces interés en que no lo estén demasiado. Yo no acusé a nadie porque no tenía pruebas, y acusar sin pruebas es lo que hacen mis enemigos, no yo. Pero un niño de trece años que muere rodeado de los hombres que lo empujaron al trono para servir sus intereses... os dejo a vos que saquéis vuestras conclusiones. La muerte de Alfonso me alivió la presión política y me entristeció el alma. Era mi hermano.»
P: Hoy hay un rey en España, pero los ciudadanos votan cada cuatro años quién les gobierna. ¿Qué os parece?
R: ¿Votar? ¿Todos votan? (Leve sonrisa.) En mis tiempos las Cortes de Castilla ya tenían procuradores de las ciudades que me decían lo que el pueblo quería y lo que podía pagar. Yo les escuché más de lo que mis detractores dijeron. Si vuestro sistema consigue que esas voces sean escuchadas sin que un puñado de grandes las ahogue, entonces es un sistema mejor que el mío. Aunque me pregunto si en vuestro tiempo también hay grandes que manejan los votos como yo vi manejar las Cortes. Porque la naturaleza del poder no cambia. Lo que cambia son las reglas. Y las reglas, en mi experiencia, siempre importan menos que la voluntad de quienes tienen las espadas. O los votos.
El rey se levanta. Se dirige a los ventanales de ajimeces que él mismo mandó abrir y mira la sierra, a esa Mujer Muerta que duerme en el horizonte, indiferente a los siglos.
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