Arzobispo Carrillo: ¿traidor a la Corona, el hombre de Dios más poderoso del reino?

Testigo fundamental de la proclamación de Ysabel como reina de Castilla

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El arzobispo Carrillo en la plaza Mayor de Segovia, con la nueva catedral al fondo (recreación de JA Quirce, con herramientas de IA, basada en escenarios reales).
El autor esJosé Antonio Quirce
José Antonio Quirce
Lectura estimada: 7 min.
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Del elenco de personajes alrededor de Ysabel, los historiadores señalan como 'fascinante' al arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña, quien apoyó a la reina en su proclamación en Segovia, en su boda con Fernando en Valladolid y la combatió en Toro, del lado de La Beltraneja. Ahora, el obispo regresa a Segovia y nos dedica unos minutos ante una Dama de las Catedrales que nunca conoció.

 

PREGUNTA: Don Alfonso, bienvenido de nuevo a Segovia cinco siglos después. Nos encontramos junto al Acueducto romano, contemplando el tráfico y la multitud de visitantes. ¿Qué siente al ver esta Segovia moderna y qué era lo que más le atraía de la vieja ciudad de su época?

RESPUESTA: ¡Válame Dios, qué extrañas invenciones y qué estruendo mueven a estas gentes por las calles! Miro este gran puente de piedra de los romanos, que sigue en pie, mas los hábitos y las costumbres de los hombres son del todo mudados. En mis días, esta villa de Segovia era fortaleza de piedra y lana, corte viva de reyes y centro del poder de Castilla. Atraíame de ella su Alcázar inexpugnable, la religiosidad de sus templos y la lealtad de sus caballeros y mercaderes. Hoy la veo apacible, mas despojada de aquel fragor bélico y político que en mis tiempos decidía el destino de la Corona.

P: Precisamente, ¿qué papel geopolítico y estratégico desempeñaba Segovia en el reino de Castilla durante el siglo XV?

R: Segovia era llave y corazón del reino. Por estar asentada entre las dos Castillas, guardar las arcas y los tesoros del rey en su Alcázar, y poseer una gran riqueza ganadera y textil, quien dominaba Segovia dominaba la gobernación de Castilla. Por ello, las Cortes, los pactos reales y las grandes proclamaciones, como la de la propia señora doña Isabel, se buscaron en esta plaza.

P: Antes de entrar en sus conflictos con la reina, hablemos de su trayectoria. ¿Cómo llegó un joven de linaje portugués a convertirse en el arzobispo de Toledo y Canciller Mayor de Castilla, la figura más poderosa del reino tras el rey?

R: Nací de la noble sangre de los Acuña y Carrillo de Albornoz. Mi tío, el cardenal don Alfonso, me llevó a la Curia romana y al Concilio de Basilea. Allí aprendí el arte de las leyes y la alta diplomacia. Tras gobernar la iglesia de Sigüenza, y sirviendo fielmente a los reyes don Juan II y don Enrique IV, y con el valimiento de mi pariente el maestre don Álvaro de Luna, alcancé la Sede Primada de Toledo en el año del Señor de 1446. Con ella obtuve la Cancillería Mayor, caudales, diezmos y vasallos para defender el reino y la Santa Iglesia.

P: Aquella experiencia suya en el Concilio de Basilea fue fundamental. ¿Cómo influyó el conciliarismo en su pensamiento político sobre cómo debía regirse Castilla?

R: En Basilea vi que la Iglesia se rige mejor cuando el Papa oye la consulta colegiada de sus prelados y concilios, y no por sola su voluntad absoluta. Trasladé esa verdad al gobierno del reino: la monarquía castellana debe ser concertada y pactada, y no autoritaria. El monarca no es señor absoluto de la hacienda y vidas de los hombres; debe regir oyendo el parecer natural de los Grandes señores y del estamento eclesiástico.

P: ¿Qué idea general tenía usted sobre la estructura del reino de Castilla y cómo creía que debía repartirse el poder?

R: Un reino no es patrimonio privado del rey, sino cuerpo místico. El rey representa la cabeza, mas los Grandes y prelados somos los miembros principales y tutores de la comunidad política. Cuando el soberano cae en tiranía o se deja gobernar por privados advenedizos, como acaeció con don Enrique IV y Beltrán de la Cueva, los Grandes tenemos el legítimo derecho y la obligación moral de resistir y moderar el poder real.

P: ¿Y qué papel debía desempeñar la Iglesia castellana en ese esquema de gobierno?

R: La Santa Iglesia no es vasalla sumisa del poder secular, sino su guía moral y espiritual. El episcopado ha de velar por la justicia y el bien común del reino, conservando su inmunidad y jurisdicción. Un arzobispo de Toledo, Primado de las Españas, debe ser consejero principal de la Corona y freno a los excesos de las leyes civiles.

P: Hablemos de la joven princesa Isabel. Al inicio de su alianza, ¿qué pensaba usted sobre ella y qué proyecto político tenía proyectado para su reinado?

R: Vi en la infanta doña Isabel una joven piadosa, discreta y dotada de real majestad, apartada de los vicios de la corte de su hermano don Enrique. Creí sinceramente que Dios la había puesto para restaurar el orden en Castilla. Mi intención era ser su protector y mentor, guiando su juventud para instaurar una monarquía concertada con la nobleza y la Iglesia, donde el Consejo Real guiase la gobernación.

P: Su implicación para asegurar el trono de Isabel fue total. De hecho, usted organizó en 1469 su matrimonio con Fernando de Aragón. ¿Hasta qué punto arriesgó usted para que esa boda se celebrara en Valladolid?

R: Arriesgué mi persona, rentas y estado. La princesa estaba cercada en Ocaña y los castellanos divididos. Facilité la entrada encubierta del príncipe don Fernando desde Aragón y le acogí en mis casas. Y para atajar los impedimentos de consanguinidad ante la negativa del Papa Paulo II, procuramos la bula necesaria para dar validez al matrimonio y tranquilidad a la conciencia de los príncipes, sellando la unión que debía salvar a Castilla.

P: El 13 de diciembre de 1474 usted estuvo al lado de Isabel cuando se proclamó reina en Segovia, y en enero redactó la Concordia de Segovia. ¿Cómo fue ese momento clave?

R: Apenas expiró el rey don Enrique, acompañé a la reina desde la iglesia de San Martín a la de San Miguel, donde fue aclamada. En enero de 1475, junto al cardenal don Pedro González de Mendoza, redacté el Acuerdo para la gobernación del reino. Allí dejamos sentado que doña Isabel era la reina propietaria de las rentas y mercedes de Castilla, mientras el rey don Fernando ejercía el mando militar y la justicia delegada. Fue el punto culminante de mi valimiento.

P: Sin embargo, poco después ocurrió el choque. ¿Qué sintió al descubrir que la joven Isabel no estaba dispuesta a ser un títere en sus manos ni en las de la nobleza?

R: Supe con amarga sorpresa que bajo su humilde semblante se escondía un ánimo de hierro y un deseo firme de mando absoluto. Comprobé que doña Isabel y don Fernando no buscaban una monarquía concertada, sino imponer un poder autoritario que anulaba la libertad de los Grandes y despojaba a la Iglesia de su peso político. Entendí que no me veían como al mentor que los había puesto en el trono, sino como a un súbdito prescindible.

P: La irrupción del cardenal Pedro González de Mendoza empeoró las cosas. ¿Cómo influyó el distanciamiento con la reina y el ascenso de Mendoza en su decisión de abandonar la corte?

R: El encumbramiento de don Pedro González de Mendoza fue afrenta insoportable. Los reyes le entregaron los principales oficios y el favor de la corte, relegándome a lugar secundario. Ver que se prefería la doctrina de Mendoza __EMDASH__que defendía un poder real absoluto e intocable__EMDASH__ frente a mi concepción de la monarquía pactada, y comprobar su ingratitud tras mis desvelos, encendió mi ira y me hizo marchar airado a mi villa de Alcalá en marzo de 1475.

P: Es aquí donde se produce el gran giro histórico. Por favor, explíqueme con detalle: ¿por qué decidió romper su lealtad a Isabel y apoyar la causa de Juana la Beltraneja y del rey Alfonso V de Portugal?

R: Muchos me llamaron movedizo y traidor, mas actué por coherencia con mi idea de Castilla y por legítima defensa. Si doña Isabel traicionaba las capitulaciones y los pactos de gobierno pactados con la nobleza y la Iglesia para imponer una tiranía autoritaria, la legitimidad se quebraba. La princesa Juana, a quien yo mismo había bautizado y jurado en su cuna, representaba entonces la oportunidad de pactar una monarquía limitada mediante su enlace con el rey de Portugal. Preferí la guerra antes que ser cómplice del aniquilamiento de la libertad nobiliaria y episcopal.

P: Llegó a combatir personalmente en la batalla de Toro en 1476 y en otras plazas. ¿Cómo justificaba un arzobispo de Toledo, Primado y sacerdote, tomar las armas y liderar tropas en el campo de batalla?

R: En Castilla, un prelado toledano no es solo pastor de almas, es señor temporal y defensor de la frontera y de la fe. Mis antecesores sirvieron a Dios y al rey con la loriga puesta sobre el hábito. En la batalla de Toro o en los sitios de Torija y Uclés, guerreé para defender las fortalezas y libertades de mi archidiócesis y de mi linaje. La fortaleza no es pecado cuando se ejerce por la justicia del reino.

P: Tras la victoria isabelina en la guerra sucesoria, usted tuvo que someterse en 1478 y retirarse a Alcalá de Henares. ¿A qué dedicó sus últimos años de vida entre la alquimia y el mecenazgo humanista?

R: Reconocí la victoria de los reyes y me perdonaron mi estado sin despojarme de la mitra, mas mi poder político se apagó. En Alcalá busqué la paz. Convocé el Concilio de Aranda para reformar las costumbres del clero. Asimismo, acogí en mi corte a sabios y letrados conversos, y gasté grandes caudales en buscar las propiedades de los minerales y el arte de la alquimia. Gasté más de lo que tenía porque mi corazón siempre buscó grandes empresas.

P: Mirando en perspectiva su intensa vida, ¿cómo le gustaría que la historia recordase al arzobispo don Alfonso Carrillo de Acuña?

R: No como al traidor que pintaron los cronistas al servicio de los reyes triunfadores, sino como a un hombre de gran corazón y alto ánimo que peleó por una Castilla donde el rey gobernara en concierto con la Iglesia y los Grandes. Fui hacedor de reyes, precursor de la unidad de España y defensor infatigable de la dignidad de mi Sede y de mi linaje.

 

Más Info.

El 4 de octubre se recrea en Segovia, por tercer año consecutivo, la proclamación de Ysabel de Trastámara como reina de Castilla (13 de diciembre de 1474). 

Los visitantes pueden recorrer los escenarios históricos de aquel hecho que cambió el rumbo de Castilla, los reinos de España y Europa, y asistir a la representación de la proclamación, en el Enlosado de la Catedral (lugar contemporáneo elegido para la recreación).  

Estas entrevistas ofrecen una semblanza de algunos de los personajes que acompañaron a Ysabel en aquella aventura... que es la nuestra. 

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