Juan Pacheco, marqués de Villena: 'quise encauzar su destino conforme a los acuerdos del reino
Ysabel no era la dama sumisa que la corte esperaba
Juan Pacheco, marqués de Villena: 'quise encauzar su destino conforme a los acuerdos del reino
Iglesia del Monasterio de Santa María del Parral, Segovia. Altar mayor, ante el sepulcro de Juan Pacheco (1419-1474), primer marqués de Villena, maestre de la Orden de Santiago y primer duque de Escalona.
Del conjunto de personajes alrededor de la reina Ysabel de Castilla, la vida de Juan Pacheco, marqués de Villena, es fascinante: intriga en la corte, vaivenes políticos, conjuras, ascenso al poder desde el escalón social más bajo, diplomacia taimada...
Cualquier novela de intriga política se queda corta al lado de la semblanza del que ganó de su rey el marquesado de Villena y mantuvo una lucha feroz contra su viejo mentor, el todopoderoso condestable don Álvaro de Luna...
1. PREGUNTA: Marqués, en los orígenes de su carrera usted entra en la corte castellana como un modesto doncel, de la mano del todopoderoso condestable Álvaro de Luna, pero pocos años después maniobró hasta llevarlo al cadalso en 1453. ¿Cómo explica esta metamorfosis política?
RESPUESTA: Véis ese tránsito con los ojos de quien juzga el drama ya escrito, pero en la Castilla de Juan II no había espacio para la ingenuidad. Don Álvaro me introdujo en la cámara del entonces príncipe Enrique hacia 1436, para controlar los afectos del heredero. Fue su gran error de cálculo: pensó que yo sería un mero peón de su cuerda. Lo que descubrí al lado del príncipe fue que el verdadero poder residía en la voluntad del futuro rey y en la vertebración de las casas nobles. Don Álvaro cometió el pecado de la desmedida; quiso acaparar la Corona despojando a la nobleza de su papel natural como brazo del reino. Mi deber no fue traicionar a un mentor, sino salvaguardar la paz de Castilla y la posición de mi linaje. Cuando medié en el entendimiento tras la primera Batalla de Olmedo en 1445, donde el monarca me otorgó el marquesado de Villena, comprendí que la supervivencia exigía que la privanza no perteneciera a un hombre solo, sino a quien supiera equilibrar los pesos de la aristocracia. La caída de Luna en Valladolid no fue venganza, fue una imperiosa necesidad de Estado.
2. P: Se le ha calificado como el ''árbitro' o el 'director en la sombra' del reinado de Enrique IV. ¿Cuál era la naturaleza real de su influencia sobre el monarca?
R: Mi relación con el rey don Enrique , a quien serví como Mayordomo Mayor y camarero, fue compleja, fruto de una convivencia desde la infancia. Los cronistas que me detestaban, como ese bilioso Alonso de Palencia, pretendían hacer creer que yo hechizaba al rey o que manejaba a una marioneta. Nada más falso. Don Enrique era un hombre de naturaleza melancólica, profundamente piadoso y dubitativo ante el uso de la fuerza. Mi papel era darle cauce práctico a su autoridad. El verdadero arte de gobernar en el siglo XV no consistía en imponer mandatos absolutistas, sino en administrar las mercedes reales, contener a los Grandes y asegurar que la máquina burocrática y fiscal funcionara. ¿Tuve una ascendencia enorme? Innegable. Pero esa influencia se sostenía en que yo resolvía lo que el rey aborrecía enfrentar.
3. P: Estamos en Segovia, ciudad que fue el corazón itinerante de la corte de Enrique IV. ¿Qué significado político y personal tenía Segovia para usted?
R: Segovia no era una villa más: era la llave de Castilla. Aquí residía la ceca real, se custodiaban los caudales de la Corona en el soberbio Alcázar y se articulaba el comercio lanero de la Mesta. Controlar Segovia era dominar el nervio financiero de la monarquía. Políticamente, era nuestro centro de operaciones. Mi presencia en sus palacios y plazas me permitía vigilar de cerca tanto las finanzas regias como los movimientos de las facciones rivales. Además, mis conexiones con las élites urbanas y con las oligarquías locales me garantizaron que el peso de la ciudad jugara casi siempre a favor de mis proyectos estratégicos.
4. P: Charlamos al otro lado del río Eresma, donde mandó erigir el Monasterio de Santa María del Parral. La tradición habla de un duelo milagroso. ¿Qué hay de cierto y qué representa este templo?
R: La memoria popular adereza los hechos con el tinte de la leyenda. Se dice que en este paraje fui objeto de un lance de honor o celada y que, al salir ileso invocando a la Virgen, prometí erigir la casa jerónima. Más allá del suceso caballeresco, la fundación en 1447, impulsada junto al propio Enrique cuando aún era príncipe, responde a una devoción auténtica y a una visión de trascendencia. Los nobles de mi tiempo no solo levantamos castillos de piedra para la guerra; erigimos panteones para la eternidad. El Parral se concibió como el descanso final de mi Casa, la de Villena. Mandé labrar mi sepulcro y el de mi esposa, doña María Portocarrero, en la capilla mayor porque allí, entre el canto de los monjes jerónimos, mi linaje dialoga directamente con Dios.
5. P: Hablemos de la infanta Ysabel. Tras el Tratado de los Toros de Guisando en 1468, usted asumió la custodia práctica de la futura reina en Ocaña. ¿Cómo era su relación con ella en ese período?
R: Ysabel era una joven de una inteligencia helada, firmeza inquebrantable y una piedad que enmascaraba una ambición política fuera de lo común. No era la dama sumisa que la corte esperaba. Mi tarea en Ocaña era velar por su seguridad, pero también encauzar su destino conforme a los acuerdos del reino. Yo buscaba un matrimonio que asegurara la concordia castellana y no desequilibrara la península. Ella me trataba con un respeto ceremonial impecable, pero tras su mirada leía la desconfianza. Comprendió muy pronto el juego de la corte, y mientras yo trazaba planes diplomáticos en los consejos, ella tejía secretamente su propia red de lealtades.
6. P: Usted intentó casar a Isabel con el rey Alfonso V de Portugal o con don Pedro Girón, su propio hermano. Sin embargo, ella lo burló y se casó en secreto con Fernando de Aragón en 1469. ¿Cómo encajó semejante revés estratégico?
R: Fue, debo admitirlo sin empacho, una de las jugadas más audaces que presencié en mi vida. Mi hermano Pedro falleció trágicamente en 1466 antes de consumar aquel enlace, lo que abrió paso a la opción portuguesa, la cual habría mantenido a Castilla a salvo de las injerencias aragonesas. Cuando Isabel escapó hábilmente hacia Valladolid con la excusa de honrar la tumba de su hermano Alfonso y celebró la boda clandestina con Fernando, me di cuenta de que la diplomacia tradicional había saltado por los aires. Aquel matrimonio era una amenaza directa: la casa de Trastámara aragonesa traía consigo pretensiones territoriales que chocaban frontalmente con mi propio patrimonio en el marquesado de Villena y en el Reino de Murcia. Aquella 'burlada' me obligó a rehacer mi estrategia por entero.
7. P: Tras ese enlace no autorizado, usted promovió la Ceremonia de Lozoya en 1470, donde se revocó el acuerdo de Guisando y se proclamó heredera a Juana, la llamada 'Beltraneja'. ¿Fue una cuestión de principios dinásticos o de pura supervivencia política?
R: En política de alto nivel, los principios dinásticos y la supervivencia del Estado son la misma cosa. Isabel había violado los pactos expresos firmados en Guisando, que exigían el consentimiento de su hermano el rey para su matrimonio. Al entregarse a Aragón sin el beneplácito regio, invalidó su derecho. Juana era la hija legítima nacida del matrimonio de Enrique IV con doña Juana de Portugal; cuestionar su paternidad fue la campaña de propaganda más difamatoria y destructiva que organizó la facción opositora. Apoyar a la infanta Juana en Lozoya y proyectar su enlace con el duque de Guiena era la única vía para evitar que Castilla se convirtiera en un satélite de la política exterior aragonesa y para preservar la autoridad de la Corona legítima.
8. P: Se le acusaba frecuentemente de mutar de bando con una facilidad asombrosa. En la Farsa de Ávila de 1465 llegó a destronar simbólicamente a Enrique IV para coronar al infante Alfonso, para luego volver a conciliarse con el rey. ¿Dónde residía su verdadera lealtad?
R: Mi lealtad principal y primera estuvo siempre dedicada a la estabilidad del Reino de Castilla y a la consolidación de la Casa de Pacheco-Girón. La Farsa de Ávila no fue un acto de demencia o traición caprichosa: la aristocracia agrupada en la Liga nobiliaria necesitaba frenar el ascenso imparable de Beltrán de la Cueva y la postergación de las grandes familias. Destronar al rey en efigie y encumbrar al joven infante Alfonso fue un movimiento drástico para forzar una refundación de la corte. Cuando el niño Alfonso falleció misteriosamente en Cardeñosa en 1468, la única vía pragmática para contener la guerra civil fue pactar el retorno a la obediencia de Enrique IV. Las mudanzas de bando que los cronistas me echan en cara no eran incoherencia; eran ajustes tácticos en un escenario en mutación permanente.
9. P: Su ascenso patrimonial fue colosal: de hidalgo rural a Marqués de Villena, Conde de Xiquena, Señor de Belmonte, Trujillo, Escalona y finalmente Maestre de la Orden de Santiago. ¿Qué buscaba con esta acumulación febril de títulos y fortalezas?
R: En el siglo XV, la autoridad sin base territorial y militar es mero humo. Cada fortaleza que incorporé, fuera Belmonte, Chinchilla, Almansa o Escalona, funcionaba como un eslabón defensivo y fiscal. La obtención del Maestrazgo de Santiago en 1467, tras años de anhelo y disputas, supuso la cúspide de esa meta: significaba disponer de la mayor fuerza militar y de las rentas más cuantiosas de la Península. No acumulaba tierras por mera avaricia personal; construía un estado señorial compacto, capaz de proteger a mis vasallos, financiar mis propias tropas y garantizar que la Casa de Villena fuera un interlocutor ineludible para cualquier monarca presente o futuro.
10. P: Muchos analistas contemporáneos ven en usted al prototipo del gobernante maquiavélico avant la lettre. ¿Se reconoce en esa descripción, o qué valores éticos regían sus decisiones?
R: Si por 'maquiavélico', un término que en mi tiempo aún no existía, entendéis la capacidad de analizar la realidad política sin el velo de las ilusiones moralistas, acepto el paralelismo. Sin embargo, mi marco de actuación era el de la caballería cristiana y el derecho feudal de mi tiempo. Mis valores eran la fidelidad a la palabra dada mediante pacto escrito, mientras la otra parte la mantuviera; la protección del linaje, y la piedad religiosa evidenciada en mis fundaciones. En la corte no se puede gobernar con el catecismo de un novicio; el estadista debe mancharse las manos para evitar que el reino caiga en el caos de la anarquía. Mi ética fue la de la eficacia y la preservación del orden señorial.
11. P: En el plano personal e íntimo, ¿hubo espacio para el conflicto interno o la duda en una vida tan volcada a la intriga de estado?
R: Ningún hombre que sobrelleve el peso del gobierno duerme con la conciencia absolutamente serena. Hubo noches en que las decisiones pesaron como el plomo. La muerte prematura de mi hermano Pedro Girón cuando marchaba al encuentro de Ysabel me afligió profundamente; era mi otra mitad en el tablero político. Asimismo, sentir el odio encarnizado de antiguos aliados o ver el sufrimiento de las villas castellanas azotadas por las banderías nobiliarias me hizo reflexionar sobre la vanidad del poder. Pero la duda es un lujo mortal para un privado real. En cuanto despuntaba el alba, la necesidad de responder a la siguiente conspiración ahogaba cualquier atisbo de debilidad.
12. P: La historiografía posterior, especialmente la redactada bajo el reinado de los Reyes Católicos, pintó un retrato destructivo de su figura. ¿Cree que la historia ha sido injusta con usted?
R: La historia la escriben los vencedores y los cronistas que reciben sus salarios. Hombres como Hernando del Pulgar o Alonso de Palencia tenían el mandato explícito de justificar el triunfo de Ysabel y Fernando, y para ello necesitaban construir un villano a la medida. Me convirtieron en el chivo expiatorio de todos los males de Castilla, para hacer resaltar la pretendida luz de la nueva era. No pido indulgencia a los historiadores: pido rigor. Si examinan los archivos sin los prejuicios isabelinos, verán a un hombre que sostuvo la estructura institucional de la monarquía en su momento de mayor fragilidad, y que comprendió las dinámicas del poder señorial antes de que la modernidad las borrara.
13. P: ¿Cómo gestionaba en el día a día las finanzas, la red de espionaje y la burocracia de un patrimonio que rivalizaba con el de la propia Corona?
R: Con una disciplina férrea y rodeándome de los mejores administradores. Creé una cancillería privada que redactaba y archivaba cada merced, contrato y correspondencia con precisión contable. Respecto a la información, en la corte la noticia que llega tarde mata. Mantenía una vasta red de confidentes en Roma, en la corte de Aragón, en Portugal y en las cancillerías de las principales ciudades castellanas. Cartas cifradas, mensajeros a caballo cambiados en postas estratégicas y agentes en los concejos urbanos me permitían conocer los movimientos de mis enemigos antes de que ellos mismos los ejecutaran. El poder no se mantiene con la espada levantada, sino con la pluma informada.
14. P: Falleció en octubre de 1474, apenas dos meses antes que el rey Enrique IV, y sin ver el desenlace de la Guerra de Sucesión Castellana. Mirando su vida en perspectiva desde esta Segovia de hoy, ¿cuál considera que es su legado?
R: Mi legado es la demostración de que la alta nobleza castellana fue capaz de definir el rumbo de la Hispania medieval. Aunque Ysabel y Fernando lograron someter tras mi muerte parte de los dominios de mi hijo Diego e incorporar terreno del marquesado a la Corona, la Casa de Escalona y Villena perduró como una de las más prósperas del reino. Mi verdadero triunfo no fue instaurar un monarca concreto, sino demostrar que el poder regio no puede construirse a espaldas del tejido territorial. Cuando contempláis la sobriedad del Monasterio del Parral o la solidez del castillo de Belmonte, no estáis viendo ruinas del pasado; estáis viendo la huella indeleble de un hombre que se negó a ser un espectador de su propio tiempo.
15. P: Aquí, delante de su propio sepulcro, 500 años después. ¿qué le gustaría que piensen de usted los visitantes del Monasterio del Parral cuando se encuentren ante su tumba?
R: Frente a esta piedra fría que guarda mis restos y los de mi amada doña María Portocarrero, me gustaría que quienes me contemplan entiendan que no ven la tumba de un hombre, sino el reposo de una voluntad que movió los hilos de todo un reino. Unos me llamaron 'maestro inimitable en fingir' y otros reconocieron que fui 'digno de gobernar mil años a todo el mundo'. Del visitante a este Monasterio del Parral, que fundé para gloria de Dios y remedio de mi propia alma, quisiera que al alejarse de mi tumba no piense que ha visto a un traidor o a un santo, sino a un hombre que tuvo 'seso y autoridad de viejo en edad de mozo' y que, en tiempos de gran turbación, supo ser el mástil que sostuvo la nave de Castilla mientras Dios le dio vida.
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