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Castillos que hablan (XI): Villagarcía de Campos, aquí creció el héroe de Lepanto
El emperador Carlos I confío la educación de su hijo ilegítimo Jeromín a su mayordomo Luis de Quijada que más tarde se convertiría en don Juan de Austria
Soy el castillo de Villagarcía de Campos.
Mi historia hunde sus raíces en el siglo XII. Mi edificación no es casual, tampoco mi ubicación como frontera entre los reinos de Castilla y León.
Desde 1336 pertenecí a la familia de los Quijada, gracias al testamento de doña María de Portugal, mujer del Rey Alfonso XI El Justiciero. Siguiendo este linaje recaí en don Luis de Quijada, señor de Villagarcía y mayordomo de Carlos I de España y V de Alemania, con el que viví mis mayores épocas de esplendor en el siglo XVI.

DE JEROMÍN A DON JUAN DE AUSTRIA
El Emperador llegó a mí en 1554 para confiar la educación de su hijo ilegítimoJeromín, futuro don Juan de Austria, a su hombre de confianza, mi señor don Luis de Quijada, y a su mujer doña Magdalena de Ulloa. Ellos forjarán el carácter de uno de los personajes más fascinantes que ha dado nuestra historia, sin duda conocido por su hazaña militar en la gloriosa victoria de Lepanto.
Por cierto, en la imponente y vecina colegiata de San Luis, de la Compañía de Jesús, fundada en 1580 por doña Magdalena de Ulloa se custodia la bandera de una nave otomana arrebatada por el propio don Juan de Austria en la Batalla de Lepanto. También la pequeña talla del Cristo de las Batallas, salvada del fuego morisco por don Luis de Quijada y que tomó en su lecho de muerte el hijo del Emperador.

No es por presumir, pero en mi época tuve un gran empaque arquitectónico. De planta cuadrangular, estaba flanqueado por cuatro robustas torres: dos circulares y cuadradas las delanteras. Un foso circundaba todo mi ser y un puente levadizo daba acceso a mi patio de armas, donde no faltaba aljibe. En la torre del homenaje, de la que aún se conserva parte de mi estructura, se disponía las estancias residenciales con muros que, en algunos casos, llegaban casi a los cuatro metros de espesor.
Solo soy un vago recuerdo de lo que un día fui. Mis muros han sufrido todo tipo de tropelías y contingencias. Fui tomado por los comuneros y, en 1810, saqueado por el ejército francés durante la Guerra de la Independencia. Sufrí un virulento incendio y en la primera mitad del siglo XX, los frecuentes expolios de arena y piedra labrada provocaron continuos hundimientos en mis murallas, horadando mi imagen hasta un estado deplorable.
Aunque he de decir que estoy muy agradecido a la Asociación de Amigos de la Historia de Villagarcía que, junto al Ayuntamiento del municipio, se empeñan desde hace más de dos décadas en evitar mi ruina y devolverme parte del esplendor que un día lucí con orgullo.
Jesús de la Iglesia, el presidente de esta agrupación, recuerda que las monjas de la orden del Salvador, mis actuales propietarias, me han cedido al pueblo al que siempre di cobijo. Desde entonces no han cesado los arreglos, las iniciativas y las actividades.

DE QUIJADA A DON QUIJOTE
En mi rehabilitada panera, que pudo ser caballeriza, se ha habilitado la Sala Cervantes, con una importante colección de ejemplares del Quijote. Y es que hasta en eso puedo presumir. El insigne escritor Miguel de Cervantes, que también luchó en Lepanto, en el capítulo 49 de la primera parte de Don Quijote de la Mancha habla de su parentesco con Gutierre de Quijada, caballero andante, y bisabuelo del mayordomo del Emperador Carlos V, don Luis de Quijada, tal y como recuerda Teresa Rodríguez, mi guía.
Son estos solo algunos de los motivos por los que tienes que visitarme, querido lector de Tribuna. También, claro, por las sorprendentes vistas que ofrezco desde lo alto de la Torre del Homenaje. A mis pies se yergue la población a la que siempre di cobijo, en esa frontera natural que forma la inmensidad de la Tierra de Campos y los suaves alcores de los Montes de Torozos.
Soy el Castillo de Villagarcía de Campos

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