Perspectiva de familia

Blog de José Javier Rodríguez Santos

Estado de Alarma: ¿Dios está con nosotros?

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Parece que Dios no está aquí. No podemos acompañar a nuestros seres queridos durante la enfermedad, ni despedirnos de ellos cuando, no lo quiera Dios, fallezcan.

Muchos sanitarios, que se afanan en su trabajo, enferman y algunos han muerto. También, varios servidores públicos de los cuerpos de seguridad, se han contagiado y han entregado su vida en el servicio a sus conciudadanos. Más aún, nos chirría en nuestras conciencias algunas noticias que nos llenan de inquietud y malestar, en las que se denuncian que algunos de nuestros mayores, después de vivir por y para nosotros, mueren solos porque el virus, sin pedir permiso, ha entrado, en su residencia… Parece que Dios está ausente y nos ha abandonado a nuestra suerte, arrojándonos a una existencia ruin y miserable, como diría Heidegger.

 

¿Que Dios no está aquí? Sí, Dios está aquí y yo lo veo todos los días. Dios ha estado y está siempre con nosotros; más aún, en estos momentos donde, quien es capaz de descubrir lo humano, le encuentra y se encuentra con Él y con su Hijo sufriendo en la cruz. Está presente en muchos padres que están con sus hijos en casa, viviendo en familia y haciendo familia: sí, Dios está ahí. Está presente en muchos voluntarios mueren acompañando a enfermos: sí, Dios está ahí. Habla a través de muchos comunicadores que están alentando a vivir plenamente la belleza de la vida: sí, Dios ahí. Vive en muchos sacerdotes que se esfuerzan por llevarlo a los hogares a través de los canales digitales: sí, Dios está ahí. Cura, sana y consuela por medio de muchos sanitarios que se juegan su propia vida para cumplir con su promesa y deontología profesional: sí, Dios está ahí. Dios presta servicio con las manos de miles de ciudadanos que trabajan para que podamos disponer de alimentos en buen estado poniendo en riesgo su salud y la de su familia: sí, Dios está ahí

 

Cuando “el pecado abundó, más sobreabundó la Gracia”, afirmó San Pablo (Rom. 5,20). Cuando aparece el mal, el dolor y la muerte, junto a esas tragedias siempre (y lo hemos visto a lo largo de la historia de la humanidad), siempre, aparecen los héroes que nos llenan de esperanza y nos alientan a seguir bregando en la zaga.

 

El Covid-19 nos está uniendo en el dolor, pero también nos ofrece una oportunidad única para enfrentarnos una pregunta existencial, esa pregunta que el ruido del día a día y la seguridad de nuestro estado de bienestar no nos permite hacernos. La cuestión está ahí, y resuena en tu conciencia esperando una respuesta. Puedes ignorarla o abordarla, eres libre de contestarla o rehusarla. Si bien, de mi actitud ante la pregunta sobre el origen del dolor, el sufrimiento y la muerte, dependerá mi mirada y mi forma de afrontar la vida. Puede que mi opción sea la queja recalcitrante o puede que en el dolor pueda ver también el amor y la entrega.

 

La gran tragedia de esta crisis sanitaria es que no seamos capaces de hacernos las preguntas existenciales, como indicó Fernando de Haro en su editorial del lunes, 23 de marzo, en su programa La tarde de COPE. Y es que seríamos muy poco humanos si cada uno de nosotros no se plateara en primera persona las tres preguntas Kantianas: ¿qué puedo conocer? ¿qué debo hacer? ¿qué puedo esperar?. En esas preguntas también está Dios que desea hacerse presente en nuestra sociedad que tanto rehúye del silencio, la soledad y la oración.

 

El ser humano, a diferencia de otros seres vivos, goza de un tesoro que le abre las puertas al infinito, como diría Buzz Lightyear. Posee la capacidad de transcendencia, no se queda en los hechos, va más allá al otorgar a cada  acontecimiento de su vida un significado, un valor, un mensaje… La transcendencia es el legado de nuestros mayores y es la mayor dote recibida en herencia. Quien no vea a Dios en estos momentos, es porque está muy ciego y le urge ir a la piscina de Siloé (Juan 9:1-41) para lavarse bien la cara para que pueda ver tantas maravillas. Sí, digo maravillas, esos ecos que nos llega a través de esos pequeños receptores que se han metido en nuestras casas y son una ventana abierta al mundo al mostrarnos y dejar constancia de la entrega de muchos de nuestros conciudadanos. Ahí está Dios.

 

Volviendo a ciego de nacimiento que curó Jesús. Se dice que no hay peor ciego que el que no quiere ver, yo creo que sí se puede encontrar algo peor: aquella persona que solo ve aquello que quiere ver. Ojalá abramos bien los ojos y gocemos de corazón sencillo, porque siempre, donde hay miseria, mal y dolor, hay muchos más héroes, valientes y generosos que se esfuerzan y se entregan sin hacer ruido mediático.

 

Señor Jesús, tú que estás en ahí, acompaña a los sanitarios, a las fuerzas de seguridad y todos los que están trabajando para servir a sus semejantes.

Señor Jesús, tu que sufriste la soledad en el Huerto de los Olivos y en el dolor de la cruz, asiste a los enfermos y moribundos.

Señor Jesús, tú que resucitaste, da la vida a nuestros seres queridos que han dejado este mundo en la soledad de una cama blanca de hospital.

Madre Santísima, acompáñanos en nuestras vidas para que podamos encontrarnos con Dios que, sin duda alguna, está paseando por nuestras plazas y calles vacías,  y condúcele a nuestros hogares donde permaneceremos esperando a que la tormenta pase. Amén.

 

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