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Para profesionales

Raúl García Díaz
Reflexiones y consejos para verdaderos profesionales, independientemente del puesto y del sector en el que trabajen.

Pues todo no va a salir bien

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El blog de Raúl García Díaz en Tribuna de Valladolid.

Dicen que el mundo se divide en optimistas y en pesimistas. En personas que ven el vaso medio lleno y personas que lo ven medio vacío. Dicen que es mucho mejor ser optimista, ver el mundo con buenos ojos, con ojos positivos. El problema es cuando el optimismo le lleva a las personas a tener expectativas positivas que antes o después no se cumplen. Y si eso se repite suficientes veces, la persona termina decepcionada, frustrada y queriendo mandar todo a la mierda. La ventaja del pesimista es que no sufre el proceso incómodo de decepcionarse y frustrarse, sino que manda todo a la mierda desde el minuto uno. Eso que se ahorra. Pero en mi opinión hay una tercera vía: el realismo. Es una tercera vía complicada y compleja. Y sobre todo poco dada a alegrías y satisfacciones, al igual que a decepciones y frustraciones.

 

Es evidente que si el mundo fuera negro o blanco, sería mucho más predecible. Y en mi opinión más aburrido. En marzo de 2020 se hizo habitual leer en los arco iris que las personas colocaban en las ventanas de sus casas la frase: «todo va a salir bien». Es una frase preciosa y además muy utilizada en series y películas. En estas, cuando el protagonista consuela a alguien que lo está pasando mal, le mira fijamente a los ojos con gesto confiado y le dice con voz aterciopelada y pausada: «todo va a salir bien». Ese optimismo desbordante es digno de elogio. Ya que en una situación preocupante, incierta y tremendamente complicada, tener el aplomo de afirmar que todo va a salir bien es encomiable. Porque lo más normal en el ser humano sería hundirse en el más absoluto pesimismo. Pero cuando leía, y leo, esa frase en los ventanales de las casa siempre me venía la misma pregunta a la cabeza: ¿Cómo?

 

Es decir, qué vamos a hacer para que todo salga bien. Porque en el fondo, hay cierta exoneración de responsabilidad en esa afirmación. Sería diferente si la frase fuera: «vamos a luchar para que todo salga bien». Pero el protagonista que dice «todo va a salir bien» al niño que está atrapado por las llamas en el último piso de un rascacielos, lo que le dice es: «tú no te preocupes, que yo me encargo de esto». Y esa es la sensación que he tenido durante toda esta pandemia con esos mensajes: «no os preocupéis, ya se encargará alguien de esto».

 

Por definición, el optimismo absoluto es mentira, al igual que el pesimismo absoluto. Seamos honestos, es imposible que TODO salga bien. Al igual que es mentira que «saldremos más fuertes» o «saldremos mejores». Porque todo eso dependerá, primero, de cómo uno defina los conceptos: «bien», «fuerte» y «mejor». Y segundo, de lo que hagamos cada uno de nosotros para lograrlo. De tal manera que unos pueden salir más fuertes y mejores y otros no, simplemente porque los primeros se lo han trabajado más.

 

En el fondo es la propia incertidumbre la que lleva a muchas personas a posicionarse en un extremo o en el otro, optimista o pesimista, con el propósito de tener la sensación de seguridad de la que se carece en estas situaciones: sé lo que va a pasar. Otra opción, también bastante frecuente, es dejar todo en manos del destino o de Dios.

 

En realidad la probabilidad asociada a los diferentes sucesos que pueden darse en una determinada situación, es la que manda en nuestras vidas. Y nuestra capacidad de control, insignificante en muchas situaciones, lo único que puede hacer es aumentar o disminuir esa probabilidad asociada a cada suceso. Nada más. Y en esto reside el realismo.

 

La verdad es que existe la posibilidad que yo muera este año debido al coronavirus. No porque tenga una profesión de riesgo (que no es el caso), ni porque me relacione normalmente con personas contagiadas (que tampoco es el caso). Sino porque hay cierta probabilidad, aunque sea mínima, de que eso ocurra. Ante esta realidad un optimista pensaría: «¡No, hombre! Cómo me voy a morir… ¡eso es imposible!». Un pesimista en cambio, se diría: «Como vamos a morir todos de coronavirus, a ver si tengo suerte y me muero de los primeros para sufrir menos».

 

En cambio un realista, siendo consciente de que existe la posibilidad de fallecer por coronavirus, trataría de aumentar la probabilidad de aquello que quisiera que sucediera. Supongamos que quisiera vivir (lo aclaro porque parece que hay gente que no lo tiene muy claro). Desde esa perspectiva realista, haría todo lo posible por no contagiarse realizando conductas que minimizaran al máximo la probabilidad de contagio. Sin embargo, lo hará teniendo la certeza de que haga lo que haga siempre habrá una probabilidad, por pequeña que sea, de que se contagie, enferme gravemente y fallezca. Por eso, en el remoto caso de enfermar no se hundiría en la miseria, porque ya sabía que entraba dentro de lo posible. Y en el caso de no enfermar tampoco daría saltos de alegría, ya que era lo lógico: ha hecho todo lo posible para lograrlo.

 

Como anticipé al principio, el realismo es poco amigo de los excesos, ni de las alegrías ni de las frustraciones. Más bien, es la actitud de aquellos que saben que aunque es imposible que todo salga bien, harán todo lo que puedan para aumentar al máximo la probabilidad de que salga bien casi todo lo que esté en sus manos.

 

Gracias por leer.

 

Raúl García Díaz es director de la consultora de recursos humanos Entrepersonas

www.entrepersonas.com

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