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Para profesionales

Raúl García Díaz
Reflexiones y consejos para verdaderos profesionales, independientemente del puesto y del sector en el que trabajen.

La nueva moda; el compromiso de los empleados

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Hay personas que encuentran un placer extraordinario en cambiar el nombre de las cosas para relanzarlas como si fueran algo absolutamente novedoso. Cambiar el envoltorio no lo hace diferente, pero lo hace más atractivo a aquellos ojos que no saben mirar más allá de lo meramente superficial. Para los que conocemos el nombre que desde hace tiempo se le dan a ciertas cosas, ese placer es inexplicable y genera más confusión que otra cosa. Pongamos el caso de que llegase un momento en la historia de la humanidad en el que a un lenguado se le empezara a denominar calcetín. A partir de entonces se generarían situaciones absolutamente hilarantes y rocambolescas en las que, por ejemplo, una persona preguntase a otra qué le pareció el calcetín que se comió el pasado domingo y la otra persona contestara: “no me gustó mucho, estaba muy hecho y demasiado salado”. Por otra parte, existiría otro problema añadido. ¿Cómo llamaríamos a partir de entonces a esa prenda, habitualmente de punto, en la que introducimos el pie? Obviamente, no lo podríamos seguir llamando calcetín. Si lo llamáramos lenguado resolveríamos de manera inteligente el enredo (un término por el otro), pero eso no evitaría generar otro gran número de nuevas conversaciones cómicas: “Mis hijas me han regalado unos lenguados morados preciosos, son de hilo de Escocia”.

 

Lo más triste del asunto es que hay personas que nos tomamos el tema del lenguaje muy en serio. Aunque, como alguien dijo hace tiempo, las palabras son simples reflejos imperfectos de lo que pensamos. Pero si además las utilizamos de manera imprecisa, cualquier intento de comunicarse y ser entendido se convierte en una misión imposible.

 

Las modas tienen mucha responsabilidad en todo esto. Y tal y como avanzan ahora las cosas, vivimos en una época en la que las modas cambian en un abrir y cerrar de ojos. Por poner un ejemplo, hace relativamente poco existían unos locales llamados panaderías, ahora se conocen como tahonas (pero eso no quiere decir que en un par de meses se les llame «centros de experiencias sensitivas en torno al pan»). Las empresas tampoco se salvan de estos cambios de nomenclatura, como comenté en el artículo que publiqué el 19 de noviembre de 2019 titulado «La sorprendente, extraña y absurda titulitis de las empresas» (https://www.tribunavalladolid.com/blogs/para-profesionales/posts/la-sorprendente-extrana-y-absurda-titulitis-de-las-empresas). Pero la última moda me ha dejado atónito. Y aunque voy a alargarme un poco más de lo habitual entraré hasta el fondo del asunto.

 

El término de moda desde hace unas semanas es: «compromiso». El de los empleados, me refiero. Y sí, efectivamente, este es otro intento de cambiar el nombre a cosas que ya lo tenían puesto. Y muy bien puesto, por cierto. El empleado comprometido es ese al que siempre se le ha llamado profesional. Un profesional es un trabajador excepcional, independientemente de la empresa que le contrate. Y por supuesto, siente la empresa como el que más. Yo me he encontrado en mi vida varios especímenes de estos. Seguro que tú también conoces a alguno ¿o acaso eres tú también uno de ellos? (No sería raro porque estás leyendo este blog). Existe un síntoma inequívoco: si cuando llegas a casa después de trabajar te preguntan «¿Pero qué pasa? ¿La empresa es tuya o qué?», eres un profesional.

 

El problema del compromiso es que debe ser mutuo. Yo hago, tú haces. Es así de simple. El compromiso se basa en la confianza de que si yo hago mi parte, tú harás la tuya. Ya sabes: «en la salud, en la enfermedad, en lo bueno, en lo malo…». Es decir, yo me comprometo, tú te comprometes. ¿Qué compromiso adquieren ahora las organizaciones con los trabajadores profesionales? ¿Les van a hacer felices? Permíteme que me ría. (Mi opinión sobre la felicidad en las empresas aquí: https://www.tribunavalladolid.com/blogs/para-profesionales/posts/no-quiero-ser-feliz-simplemente-quiero-hacer-mi-trabajo)

 

Y aquí es donde reside el gran problema del concepto de compromiso de los empleados. Una empresa que tiene que comprometer a un empleado para que haga su trabajo (y que por lo tanto no es un profesional, porque si fuera un profesional estaría comprometido con su trabajo independientemente de la empresa para la que trabajase), tiene que ofrecerle algo para lograr ese compromiso. Es decir, la empresa tiene que darle algo a una persona para que haga su trabajo de manera comprometida. Y aquí es donde me chirría todo esto del compromiso.

 

Es como si quiero que mi hija se coma la menestra que tiene en el plato, que sé que no le gusta y antes de que empiece a comer le digo: «toma, cómete estas natillas». Cualquier padre o madre me diría inmediatamente que las natillas se dan al final. Pero entonces yo contestaría que un consultor de renombre me ha dicho que los niños comen mejor lo que les gusta que lo que no les gusta. Razonamiento inteligente donde los haya, ¿verdad? Por eso es un consultor de renombre.

 

Este razonamiento de la menestra y las natillas es el que siguen actualmente muchas organizaciones.

 

Caso 1: La felicidad en el trabajo.

El consultor de renombre dice que las personas trabajan mejor si trabajan felices. Así que la empresa se gasta un montón de dinero en el consultor para que trate de conseguir que las personas que son infelices y trabajan mal, sean felices y trabajen mejor.

 

Caso 2: El compromiso de los empleados

El consultor de renombre dice que las personas trabajan mejor si están comprometidas. Así que la empresa se gasta un montón de dinero en el consultor para que trate de conseguir que las personas que no están comprometidas y trabajan mal, se comprometan y trabajen mejor.

 

¿Pero nadie se ha parado a pensar por un momento que quizá las personas que trabajan bien son las que vienen felices y comprometidas de casa? ¿No estamos sobrevalorando la capacidad de las organizaciones para influir en la felicidad y el compromiso de las personas? Pero claro, si a trabajar bien lo llamamos profesionalidad no vende, porque eso ya está muy visto. Es un concepto anticuado, poco innovador.

 

Efectivamente, existen personas que encuentran un placer extraordinario en cambiar el nombre de las cosas para relanzarlas como si fueran algo absolutamente novedoso. Cambiar el envoltorio no lo hace diferente, pero lo hace más atractivo a aquellos ojos que no saben mirar más allá de lo meramente superficial. El mayor problema de esto es que las cosas dejan de llamarse por su nombre y, por lo tanto, dejan de tener el significado que deberían de tener.

 

Gracias por leer.

 

Raúl García Díaz es director de la consultora de recursos humanos Entrepersonas

www.entrepersonas.com

Comentarios

Lo que hay que leer... 10/09/2020 09:28 #2
Algunos ignorantes tachan de moda algo que no conocen y con eso ya les sirve de crítica: Si se dice que los trabajadores felices producen más es porque hay INVESTIGACIONES científicas que apuntan a ello. Si ahora se dice que los trabajadores comprometidos producen más es porque hay INVESTIGACIONES científicas que apuntan a ello también. Muchas, además. Investigaciones, claro no son artículos de opinión... Si se dice que si se mejora el compromiso se mejora el rendimiento es porque muchas INVESTIGACIONES científicas apuntan a que hay muchos factores de la empresa que afectan directamente en el nivel de compromiso de los trabajadores, aunque estos se hayan levantado ya comprometidos como dices o sean profesionales. Teniendo en cuenta otro apunte que ahonda en el concepto. Cuando hablas de compromiso hablas de ESTAR comprometido y cuando hablas de profesionalidad hablas de SER profesional... No sé si aprecias la diferencia!
Alguien trasparente 08/09/2020 08:31 #1
El esclavo de siempre pero ahora voluntario... ese compromiso que se describe en este artículo es el mismo que tienen los criados de las películas inglesas, una especie de todo por la patria.

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