La importancia de avergonzarse
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Para profesionales

Raúl García Díaz
Reflexiones y consejos para verdaderos profesionales, independientemente del puesto y del sector en el que trabajen.

La importancia de avergonzarse

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Las emociones negativas están mal vistas. Parece que debiéramos evitar a toda costa sentirnos mal y debiéramos estar siempre alegres y permanentemente felices. Pero las emociones negativas juegan un papel fundamental para el desarrollo personal. Por muchas razones: porque te ayudan a adaptarte a situaciones que inevitablemente ocurren, sean esperadas o no, porque te impulsan y te motivan, porque forman parte del ser humano, porque somos fundamentalmente emocionales... Las emociones negativas también te ayudan a ser mejor profesional. Por ejemplo, la decepción, la tristeza e incluso la frustración. A muchas personas nos han ayudado las frustraciones para luchar con más ahínco y fuerza en la siguiente oportunidad para evitar los fracasos y las frustraciones añadidas. Pero hoy me voy a centrar en una emoción muy querida por mí, porque la he experimentado gran cantidad de veces: la vergüenza.

 

Hace tiempo, cuando era joven, trabajaba como responsable de proyectos internacionales y tuve la suerte de viajar a varios países europeos. Uno de esos viajes me llevó a Inglaterra, concretamente a un pequeño pueblo cerca de Oxford. Siempre que viajaba me informaba sobre el hotel donde me iba a alojar para tratar de sacarle todo el partido posible. Y este pequeño hotel inglés contaba con una piscina climatizada, así que metí un bañador en la maleta. En cuanto llegué al hotel quise disfrutar de un baño, por lo que rápidamente me dirigí a la piscina cubierta. Por suerte no había nadie, tenía todo el recinto solo para mí. Después de unos cuantos largos salí del agua y entonces me percaté de que en uno de los laterales había una pequeña piscina redonda de poco más de dos metros de diámetro. Así que allí me fui para probarla. No tenía mucha profundidad y el agua estaba caliente, me senté dentro y allí me quedé. Al cabo del rato, por la puerta del recinto aparecieron dos chicas jóvenes. Cuando se dieron cuenta de que yo estaba dentro de esa mini piscina circular se pararon en seco y comentaron algo entre ellas. Interpreté enseguida, porque era joven pero no tonto, que habían venido con el objetivo de meterse en la pequeña piscina donde yo me encontraba y les daba apuro. Yo fingí naturalidad y despreocupación (aunque estaba terriblemente nervioso) y traté de ocupar el menor espacio posible para dejarles, si les apetecía, sumergirse conmigo en las calientes aguas. Al final se decidieron. Dejaron las toallas en un banco y se acercaron justo al borde de la piscina. Me saludaron en inglés y yo respondí. Después estuvieron unos pocos segundos, que a mí se me hicieron eternos, mirándome a mí y al agua con gesto de extrañeza. Yo empecé a sentirme un tanto incómodo. Al final una de ellas se agachó, pulsó un botón (que yo no sabía que existía) y del fondo del agua brotaron millones de burbujas. Las dos cambiaron el gesto, sonrieron satisfactoriamente y procedieron a introducirse entre las aguas burbujeantes. Yo me quedé de piedra, acababa de descubrir qué era un jacuzzi y en cuanto la vergüenza descendió a un nivel en el que me permitió volver a mover las piernas, salí de allí deseando no volver a encontrarme a estas dos chicas en los cuatro días que iba a estar alojado en ese hotel.

 

Esta anécdota que acabas de leer no es la situación más vergonzosa que he vivido. Tengo muchas otras que con solo recordarlas me sonrojo, y estoy convencido de que tú también habrás vivido muchas situaciones vergonzosas en tu vida.

 

Ahora que tanto se habla de lo importante que es la humildad para cualquier profesional, estés o no en un puesto de liderazgo, echo de menos que se explique cómo trabajar la humildad. Mi método personal es pensar de vez en cuando en situaciones pasadas, lejanas y no tanto, en las que me avergüenzo de mí mismo. Tanto por lo mucho que creía saber y en realidad lo mucho que ignoraba, como por la seguridad con la que defendía mis convicciones que tiempo después he cambiado.

 

Y sí, me avergüenzo por cosas que he hecho, que he dicho, que no he hecho y que no he dicho. Pero no para lamentarme desconsoladamente. Lo hago para recordarme cosas importantes: que nunca llegaré a saberlo todo, aunque cada día trato de saber más; que nunca tendré toda la razón, aunque esté absolutamente convencido de algo; y por supuesto, que nunca está de más actuar con humildad, aunque simplemente sea para evitar avergonzarme de mí mismo en el futuro.

 

Gracias por leer.

 

Raúl García Díaz es director de la consultora de recursos humanos Entrepersonas

www.entrepersonas.com

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