El ridículo de la medalla de oro en salto de altura
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Para profesionales

Raúl García Díaz
Reflexiones y consejos para verdaderos profesionales, independientemente del puesto y del sector en el que trabajen.

El ridículo de la medalla de oro en salto de altura

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Hoy iba a escribir sobre lo que no me ha gustado de la renuncia de Simone Biles, pero lo dejaré para el próximo artículo. Porque lo que me ha dejado hoy absolutamente atónito ha sido lo que muchos medios publican erróneamente como una medalla de oro compartida, cuando en realidad lo que han hecho el italiano Tamberi y el catarí Barshim en la disciplina de salto de altura ha sido repartirse el metal dorado renunciando a competir por él.

 

La verdad es que me da igual que hayan actuado de manera correcta según el reglamento de la competición, porque la cuestión de fondo es que han renunciado a competir. Imaginemos por un momento que existiera una norma, tan absurda como la real, que dictara que antes de empezar la competición, los diferentes saltadores pudieran acordar llevarse todos la medalla de oro. Imaginemos además que, antes de empezar siquiera a calentar, acordaran llevarse la medalla de oro al el bolsillo sin ni siquiera pegar un salto. Creo que todo el mundo estaría de acuerdo en que no estarían compartiendo el oro, sino que sería un reparto del botín, un botín muy deseado por todos, pero totalmente descafeinado por su renuncia a competir.

 

Y es que el sentido el deporte es precisamente la competición. Pero no porque la competición te haga el mejor, sino porque te hace mejor. La competición hace que seas más rápido, más alto y más fuerte; juntos (lema de los juegos olímpicos). Te lleva al límite, más allá de lo que pudieras imaginar. ¿Por qué es en la competición cuando se baten los récords de las diferentes disciplinas? ¿Por qué es en las finales cuando se baten esos récords? Porque te bates el cuero con los mejores y, por lo tanto, das el máximo.

 

Es cierto que el lema de las olimpiadas incluye al final la palabra “juntos”, pero eso no significa que todos debamos ser los más rápidos, los más altos y los más fuertes, lo que significa es que ese objetivo olímpico se consigue compitiendo juntos. Sin los rivales ningún deportista llegaría a su nivel más alto. Sería imposible.

 

El símil con las empresas es evidente. Un monopolio no hace que con el tiempo la empresa que disfruta del monopolio sea cada vez mejor, innove cada vez más y ofrezca servicios de mayor calidad. Es evidente que una empresa mejora cada año porque existe competencia, porque existen rivales que les empujan a ser mejores (más les vale).

 

Además, me parece una enorme falta de respeto hacia tu contrincante. Porque competir contra alguien significa respetarle. Le respeto porque voy a dar el máximo para batirle, para ganarle en buena lid. Y si me ganas, te felicitaré y te aplaudiré, como ha habido y habrá grandes ejemplos de maravillosos perdedores de finales. Y si gano, te agradeceré que me hayas empujado a esforzarme al máximo y conseguir ser mejor de lo que era antes de competir contra ti.

 

Lamentablemente, creo que esto es un síntoma más de una ola de buenismo que está calando cada vez más en la sociedad y que está llevando la tontería a unos niveles estratosféricos. Por ejemplo, no queremos que se traumaticen los niños que participan al juego de las sillas, así que ponemos tantas sillas como niños. O cuando jueguen al fútbol o al baloncesto no vamos a contar los goles que meten o las canastas que encestan para que no pierda ningún equipo. Son ejemplos reales. Pero que todo el mundo gane no es bueno y que nadie pierda tampoco. La competitividad bien entendida, la que te empuja a ser mejor y a superarte en cada intento, es necesaria. Porque no toda competitividad es mala. Competir te hace valorar al rival, respetarle, ser agradecido con él. Los buenos deportistas desean que sus contrincantes estén en su mejor momento cuando compiten contra ellos. Porque eso hace su victoria más valiosa, gracias a ellos, y su derrota más merecida.

 

El deporte sin competición no es nada. Que dos profesionales del deporte acuerden no competir para llevarse el oro en unas olimpiadas no es una buena noticia. Esforzarte al máximo para batir a tu contrincante es la mayor prueba de respeto que puede existir en el deporte. Renunciar a hacerlo es una falta de respeto al deporte, a tu rival, a los aficionados y a ti mismo. Esto que ha ocurrido hoy ha sido una oportunidad perdida para que dos deportistas se esforzaran por ser más rápidos, llegar más alto y ser más fuertes, juntos.

 

Gracias por leer.

 

Raúl García Díaz es director de la consultora de recursos humanos Entrepersonas

www.entrepersonas.com

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