El body positive tenía un límite: las mujeres delgadas
Durante años, internet nos repitió que habíamos evolucionado. Que por fin entendíamos que todos los cuerpos merecen respeto. Que comentar el físico ajeno era violento. Que la gordofobia era estructural. Que el problema no eran los cuerpos, sino la mirada social sobre ellos. Perfecto. Hasta que una mujer aparece muy delgada en una alfombra roja.
Entonces todo el discurso se desintegra en tiempo récord y la supuesta revolución moral de las redes sociales se convierte otra vez en un patio de colegio, solo que con filtros de TikTok y vocabulario terapéutico aprendido en hilos de Twitter.
Ha pasado recientemente con los vídeos virales lamentando que "la delgadez ha vuelto". Como si fuera una epidemia medieval. Como si hubiese reaparecido la peste bubónica, pero en forma de cintura pequeña. La nueva temporada de Euphoria ha servido de detonante para una avalancha de contenido donde se señala el cuerpo de Alexa Demie como ejemplo del retorno de los "cuerpos problemáticos". Demi Moore, desfilando en Cannes con un físico impresionante a sus sesenta años, ha recibido exactamente el mismo tratamiento: preocupación performativa, diagnósticos gratuitos y toneladas de resentimiento disfrazado de crítica cultural.
Y hay algo fascinante en observar el nivel de impunidad moral con el que mucha gente habla de cuerpos delgados. Porque ya ni siquiera intentan ocultarlo.
"Da miedo verla"; "eso no es sano"; "estamos retrocediendo"; "qué peligro para las niñas"; o "ha vuelto la heroin chic".
Imaginen durante un segundo el escándalo si alguien utilizara ese mismo lenguaje sobre una mujer gorda en una alfombra roja:
"Da miedo verla"; "eso no es sano"; "estamos retrocediendo"; "qué peligro para las niñas"; o "normalizar esto es gravísimo".
No durarían ni tres minutos sin ser acusados, correctamente, de gordofobia.
Pero cuando el cuerpo es delgado, de repente insultar, especular, patologizar y ridiculizar vuelve a considerarse activismo social. Y no, no lo es. Es body shaming con estética progresista. La misma obsesión enfermiza por controlar el cuerpo femenino de siempre, solo que cambiando quién recibe los golpes.
Porque ese es el gran truco moral de esta época: mucha gente no ha dejado de odiar ciertos cuerpos. Simplemente ha cambiado cuáles considera legítimo atacar.
El body positive nació como una respuesta lógica y necesaria a décadas de humillación sistemática hacia las personas gordas. Eso es indiscutible. La cultura popular convirtió durante años la gordura en sinónimo de fracaso moral: el gordo era vago, descontrolado, cómico o indeseable. Había una crueldad estructural evidente y señalarla era necesario.
El problema llegó cuando ese movimiento, en ciertos sectores de internet, dejó de pedir respeto para todos los cuerpos y empezó a funcionar como una especie de revancha estética. Porque una cosa es combatir la gordofobia y otra muy distinta convertir la delgadez en sospechosa por defecto.
Y eso es exactamente lo que ocurre ahora. Existe una vigilancia casi religiosa sobre las mujeres delgadas. Si una actriz pierde peso, se convierte automáticamente en debate público. Si tiene clavículas visibles, hay think pieces. Si aparece un vestido que marca cintura, TikTok habla del "retorno de los estándares tóxicos". Hay una obsesión casi paranoica con interpretar cualquier cuerpo delgado como propaganda política.
Lo más irónico es que quienes más repiten "los cuerpos no deberían generar valor moral" suelen ser los primeros en adjudicarle uno negativo a la delgadez.
Porque en el imaginario actual, una mujer muy delgada no es simplemente una mujer muy delgada. Es una amenaza cultural. Una traidora al consenso corporal de internet. Un recordatorio incómodo de que los ideales estéticos no desaparecieron solo porque algunos usuarios decidieran escribir "todos los cuerpos son válidos" en su biografía.
Aquí es donde la conversación se vuelve especialmente hipócrita. Porque gran parte de la rabia online hacia los cuerpos delgados nace de una verdad social que nadie quiere reconocer en voz alta: la delgadez sigue siendo aspiracional.
No necesariamente la extrema delgadez enfermiza de los años noventa. No necesariamente el aspecto consumido de la era heroin chic. Pero sí un cuerpo más cercano a la delgadez que a la obesidad. Y fingir sorpresa ante eso resulta ridículo.
La moda sigue funcionando mejor sobre cuerpos delgados. Hollywood sigue premiando la delgadez. Las influencers más deseadas suelen ser delgadas. Las aplicaciones de citas favorecen ciertos cánones. La industria del lujo lleva décadas construida alrededor de siluetas estrechas. Y no, decir esto no significa que esté bien. Significa que es verdad.
Lo absurdo es el teatro colectivo que consiste en fingir que nadie quiere estar delgado mientras millones gastan dinero en Ozempic, entrenadores personales, cirugía estética, batidos detox y rutinas imposibles para acercarse exactamente a ese ideal.
Internet pretende que vivimos en una utopía posestética mientras el mercado global de la pérdida de peso mueve miles de millones de euros al año. La contradicción es grotesca.
Porque socialmente se ha vuelto elegante decir "las curvas son reales", "la delgadez está sobrevalorada" o "prefiero disfrutar la vida antes que matarme de hambre", pero las mismas personas que dicen eso luego editan cada foto, se obsesionan con sus ángulos y entran en crisis si engordan cuatro kilos.
Y eso no ocurre porque sean malas personas. Ocurre porque el deseo físico y los estándares sociales no desaparecen por activismo digital. Esta es probablemente la frase que más enfadará a mucha gente, precisamente porque toca una verdad incómoda.
Nadie, pudiendo elegir libremente y sin consecuencias físicas, sociales o emocionales, escogería ser gordo antes que tener un cuerpo normativamente atractivo.
Otra cosa distinta es qué entendemos por atractivo, cuánto sufrimiento estamos dispuestos a soportar para conseguirlo y hasta qué punto merece la pena sacrificar salud mental por estética. Ahí sí hay una conversación compleja. Pero fingir que la obesidad es socialmente deseable al mismo nivel que la delgadez es simplemente mentira.
Y cuidado: decir esto no justifica la humillación hacia las personas gordas. Precisamente porque no elegiríamos libremente ciertas características físicas, burlarse de ellas es cruel. Igual que lo es burlarse de alguien por ser extremadamente delgado.
Lo que resulta delirante es la idea contemporánea de que atacar a una persona flaca es menos ofensivo porque, supuestamente, pertenece al grupo "privilegiado" de la jerarquía estética.
Como si los complejos desaparecieran mágicamente cuando usas una talla XS. Como si a las mujeres delgadas no les hubieran llamado 'anoréxicas', 'tabla', 'palo', 'niña', 'sin curvas', 'da asco tocarte' o 'pareces enferma'.
Como si millones de adolescentes no hubieran crecido acomplejadas por no tener pecho, caderas o glúteos suficientes mientras internet insiste en que la única inseguridad corporal válida es la relacionada con el exceso de peso.
El cuerpo femenino siempre ha sido territorio de vigilancia pública. La diferencia es que ahora ciertas formas de humillación vienen envueltas en discurso social y lenguaje pseudoacadémico.
Lo de Alexa Demie es especialmente revelador. No estamos hablando de una modelo extremadamente desnutrida ni de una campaña explícitamente basada en la extrema delgadez. Estamos hablando de una actriz naturalmente delgada cuyo cuerpo ha sido convertido en símbolo cultural por una generación obsesionada con detectar "retrocesos".
La conversación ya ni siquiera gira alrededor de su trabajo, su personaje o su estética. Gira alrededor de cuánto ocupa su cintura.
Y con Demi Moore ocurre algo todavía más brutal: una mujer de más de sesenta años aparece espectacular en Cannes y, en lugar de limitarse a admirar su presencia o cuestionar los estándares imposibles de envejecimiento femenino en Hollywood, muchísima gente reacciona con hostilidad inmediata. Porque hay algo que internet tolera todavía peor que una mujer delgada: una mujer mayor que sigue siendo sexualmente impactante.
Entonces empiezan las autopsias digitales:"Está obsesionada"; "da pena"; "qué presión para las mujeres"; "esto no es natural". Todo eso dicho por personas que supuestamente creen que no deberíamos opinar sobre cuerpos ajenos.
En realidad, lo que estamos viendo no es el fin de los cánones de belleza. Es simplemente un cambio en quién tiene permiso para ser cruel.
Antes se ridiculizaba abiertamente a las mujeres gordas. Ahora se vigila públicamente a las mujeres delgadas. Y en ambos casos el cuerpo femenino sigue funcionando como espacio público sobre el que cualquiera cree tener derecho a comentar. Eso es lo verdaderamente deprimente.
La supuesta revolución corporal de internet no eliminó la obsesión física. Solo la volvió más confusa, más hipócrita y muchísimo más pasivo-agresiva. Porque al final, detrás de toda esta conversación sobre representación, salud y estándares tóxicos, sigue existiendo algo mucho más simple y humano: la incomodidad que produce el cuerpo de los demás cuando nos recuerda nuestras propias inseguridades.
Y quizá por eso tanta gente necesita convertir a las mujeres delgadas en problema social. Porque admitir que ciertos cuerpos siguen siendo deseados resulta insoportable en una cultura que pretende haber superado la superficialidad mientras vive completamente gobernada por ella. La verdad incómoda es esta: si el body positive solo funciona para algunos cuerpos, entonces nunca fue realmente aceptación corporal.
Era solo política estética con otro nombre.

